Ilustración de María Sabina rodeada de hongos sagrados, velas y humo de copal, homenaje a los niños santos

Teonánacatl y María Sabina: la historia detrás de los "niños santos"

Ilustración de María Sabina rodeada de hongos sagrados, velas y humo de copal, homenaje a los niños santos
Ilustración de María Sabina rodeada de hongos sagrados, velas y humo de copal, homenaje a los niños santos

En la historia de Mantún, contamos que en nuestros inicios queríamos acercarnos a los hongos, a los que en nuestra propia narrativa de marca llamamos "niños santos". No es una expresión que inventamos nosotros: viene de mucho más atrás, de una mujer mazateca que le dio ese nombre a los hongos sagrados de México, y sin saberlo, cambió para siempre la forma en que Occidente entiende los hongos mágicos.

Teonanácatl: la "carne de los dioses"

Mucho antes de que existiera la palabra "psilocibina", los pueblos mesoamericanos ya conocían y veneraban ciertos hongos con efectos alucinógenos. Los nahuas los llamaban teonanácatl, palabra náhuatl que se traduce como "carne de los dioses". Se han encontrado evidencias arqueológicas y etnohistóricas de su uso ritual en Centroamérica desde varios siglos antes de nuestra era, empleados en ceremonias curativas y de adivinación por civilizaciones como los olmecas, zapotecas, mayas y aztecas.

Cuando llegaron los colonizadores españoles, el fraile franciscano Toribio de Benavente documentó estas prácticas, horrorizado por lo que consideraba una herejía. El uso ritual del teonanácatl fue prohibido por la Iglesia Católica en 1656. Aun así, distintas comunidades indígenas continuaron practicándolo en secreto durante siglos, en ceremonias ocultas de los ojos coloniales.

María Sabina, la guardiana de los "niños santos"

María Sabina Magdalena García nació el 22 de julio de 1894 en Huautla de Jiménez, en la sierra mazateca de Oaxaca. Quedó huérfana de padre siendo muy pequeña, y fue su abuela quien la introdujo en las tradiciones medicinales indígenas, incluyendo el uso de plantas y hongos sagrados.

A los 14 años tuvo su primera experiencia con estos hongos, a los que llamaba cariñosamente "niños santos" o simplemente "niños". Desde entonces comenzó a oficiar las llamadas veladas: ceremonias nocturnas donde usaba los hongos como puente entre el mundo terrenal y el espiritual, guiando a quienes acudían a ella mediante cantos y rituales para tratar dolencias físicas y espirituales. Para María Sabina, los hongos nunca fueron una droga ni un objeto recreativo: eran entes sagrados.

El encuentro que abrió una puerta al mundo

En 1955, un banquero neoyorquino y micólogo aficionado llamado R. Gordon Wasson llegó hasta Huautla de Jiménez atraído por los rumores de un antiguo culto a los hongos. María Sabina lo recibió y compartió con él una velada, convirtiéndose en su guía dentro de este mundo. Fue la primera vez que un occidental participaba abiertamente en el ritual y describía sus efectos.

En mayo de 1957, la revista Life publicó el relato de Wasson bajo el título "Seeking the Magic Mushroom" ("En busca del hongo mágico"), narrando su experiencia visionaria durante la ceremonia. Contra la voluntad del propio Wasson, un editor de la revista agregó el término "hongo mágico" al titular, expresión que terminaría instalándose para siempre en la cultura popular.

El artículo tuvo un efecto inmediato: cientos de personas, entre ellas figuras del movimiento hippie y buscadores espirituales, comenzaron a peregrinar hasta Huautla en busca de la misma experiencia. Un año después, el químico suizo Albert Hofmann —el mismo que había descubierto el LSD— aisló y nombró la psilocibina, el compuesto responsable de los efectos de estos hongos.

Un legado con luces y sombras

La fama mundial tuvo un costo alto para María Sabina. Sus propios vecinos la acusaron de haber comercializado y expuesto un conocimiento ancestral que debía permanecer sagrado y reservado. Ella misma llegó a lamentar haber compartido los "niños santos" con extranjeros, sintiendo que su poder se había desvanecido después de revelarlo al mundo occidental.

Hoy, algunos académicos proponen abandonar el término "alucinógeno" para referirse a estos hongos, y en su lugar usar "enteógeno" —que significa, literalmente, "lo divino en uno mismo"— como una forma más fiel de nombrar lo que para la cosmovisión mazateca siempre fue mucho más que una simple sustancia psicoactiva.

Por qué esta historia nos importa

Cuando en Mantún hablamos de "niños santos", lo hacemos como un homenaje consciente a esta historia: a una mujer que cuidó y transmitió un conocimiento ancestral, y a una tradición que llegó hasta nosotros gracias a ella, aunque el precio para su comunidad haya sido alto. Cultivar hongos en casa es, de alguna forma, seguir tocando ese mismo hilo que conecta generaciones enteras con esta práctica milenaria.

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